Al despedirme de Esteban Velázquez sj, ayer, le dije: “Me llevo una
experiencia de las que tocan fuerte”. Él me contestó: “interiorízala”. Y
eso es lo que pretendo hacer en este tiempo aunque me haya puesto a
contarla cuando tan sólo llegué anoche. Y es que siento eso de ¡Ay de
mí, si no evangelizare…!
Cuando la avioneta en la que iba aterrizaba en Melilla pensaba lo fácil
que era para mí el llegar al lugar que otros muchos lo tienen negado, a
tanta gente como se amontona en el entorno de Marruecos con ese fin:
llegar a Melilla o a las costas de Andalucía con la esperanza de una
vida mejor.
Pasé la frontera andando y me sumergí en un mundo de hombres y para
hombres, ellos ocupan las plazas, las calles, los zocos. La presencia de
la mujer es escasa, y cuando te la encuentras está tapada. Me sumergí
también en un mundo de pobreza y desigualdades.
De todos mis contactos en esta semana y del mucho asomarme a otras
realidades tan diferentes, sólo me voy a referir al trabajo que realiza
la Delegación de Migraciones de Nador. La sede, multifunciones, está
ubicada en la Parroquia, una especie de misión que acoge a todos los que
allí se acercan con deseos y preocupación por lo que ocurre: esa
concentración de emigrantes subsaharianos que se refugian en sus bosques
o en el monte gourougou, como lugar de tránsito pero que se convierte
en muchos casos en un estado de vida.

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