Hace un montón de días que me persigue una pregunta de Jean Rostand: «Los que creen en Dios, ¿piensan en él tan apasionadamente como nosotros, que no creemos, pensamos en su ausencia?»
La cuestión me ha herido porque me parece exactísima: tampoco yo he entendido jamás que se pueda creer en Dios sin sentir entusiasmo por él. Y siempre me ha aterrado esa especie de «anemia espiritual» en la que, con frecuencia, se convierte la fe.
Y la fe puede ser un terremoto, no una siesta; un volcán, no una rutina; una herida, no una costra; una pasión, no un puro asentimiento. ¿Cómo se puede creer -de veras, de veras- que Dios nos ama y no ser feliz? ¿Cómo podemos pensar en Cristo sin que el corazón nos estalle?
Me enfurece la idea de que la gente de mundo crea con más apasionamiento en las cosas de¡ mundo que los creyentes en las cosas de la fe. ¿Por qué un cura ha de vivir su ordenación con menos pasión o menos gozo del que sienten dos enamorados? ¿Cómo puede un teólogo hablar de Dios con menos entusiasmo que el esposo de la esposa o el padre de sus hijos? ¿Por qué los creyentes gozan menos en las iglesias que los espectadores en el cine? ¿Es, acaso, que Dios es más aburrido que la televisión?
La cuestión me ha herido porque me parece exactísima: tampoco yo he entendido jamás que se pueda creer en Dios sin sentir entusiasmo por él. Y siempre me ha aterrado esa especie de «anemia espiritual» en la que, con frecuencia, se convierte la fe.
Y la fe puede ser un terremoto, no una siesta; un volcán, no una rutina; una herida, no una costra; una pasión, no un puro asentimiento. ¿Cómo se puede creer -de veras, de veras- que Dios nos ama y no ser feliz? ¿Cómo podemos pensar en Cristo sin que el corazón nos estalle?
Me enfurece la idea de que la gente de mundo crea con más apasionamiento en las cosas de¡ mundo que los creyentes en las cosas de la fe. ¿Por qué un cura ha de vivir su ordenación con menos pasión o menos gozo del que sienten dos enamorados? ¿Cómo puede un teólogo hablar de Dios con menos entusiasmo que el esposo de la esposa o el padre de sus hijos? ¿Por qué los creyentes gozan menos en las iglesias que los espectadores en el cine? ¿Es, acaso, que Dios es más aburrido que la televisión?
De JL Martín Descalzo
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