Liberia está dividida por una doble valla naranja. La construimos
para mantener la enfermedad a raya. La levantamos para separarnos a
nosotros (los sanos, los privilegiados) de ellos (los enfermos, los
necesitados). La construimos para sentirnos menos mortales.
Patrick está dentro. Yo estoy fuera.
Le veo todos los días; nos sonreímos y saludamos. Patrick no es más
que un niño pero se pasa el día con hombres cinco veces mayores que él,
casi como si tratara de compensar el hecho de que es demasiado joven
para morir. Cuando tienen suficiente energía juegan a las damas y al
póker, y escuchan BBC África en la radio que les traje un día con mi
disfraz invasor espacial. Patrick tiene una sonrisa tímida y torcida y
un moratón junto a su ojo derecho. Acaba de perder a su madre pero su
padre está ahí con él, en este horrible lugar.
Todos los días me digo a mi misma: Ane, no le dejes que Patrick te
robe el corazón, este niño no pertenece al mundo de los vivos. Estará
aquí una semana y, después, se irá para siempre. ¿Cómo vas a hacer tu
trabajo una vez que Patrick se haya ido? ¿No recuerdas con lo que estás
enfrentando aquí? “Este asunto del Ébola”, como dicen en la radio. Una
tasa de mortalidad potencial de hasta el 90%. La gente al otro lado de
la valla no regresa a este lado. Sabes que es peligroso acercarse.

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