Escribo recién llegado de Melilla y Nador. Un grupo de profesores de varias universidades españolas desarrollamos un proyecto sobre inmigración y derechos humanos. Hemos estado en los dos lados: España y Marruecos. Hemos hablado con todos: inmigrantes sin papeles y con papeles, ONG, guardias civiles, religiosas, policías nacionales, asociaciones marroquíes, jueces, abogados, entidades internacionales…
Nunca he experimentado la presencia simultánea del bien y del mal en estado puro de manera tan intensa como en estos cuatro días de ritmo y emociones desbordantes.
Unos pocos cristianos, musulmanes y algún agnóstico, a uno y otro lado de la triple valla, se afanan en auxiliar a los subsaharianos apaleados por la vida y por los cuerpos de seguridad de ambos países. Hay muertos, tetrapléjicos y heridos de consideración. Es el coste de recorrer durante años miles de kilómetros, esperar por meses en los montes fronterizos el momento de adentrarse en el paraíso… y encontrar con que para España (Europa) no son personas, ni siquiera un número. Todo lo más, un fardo a devolver que ni lleva la etiqueta de “frágil”.

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