España está asustada por el ébola: ayer se informó, en rueda de
prensa mundial, del primer caso contagiado fuera de África. Una auxiliar
de enfermera que atendió al misionero Manuel García Viejo, uno de los
cientos de héroes que luchan en África por contrarrestar la terrible
enfermedad y que fue repatriado para que muriera en casa, se contagió
del mal en el mismo hospital.
Una ola de
miedo ha sacudido el país: la ministra de Sanidad compareció junto con
otros cinco altos cargos para explicar lo inexplicable, dando el
vergonzoso espectáculo de darse la palabra unos a otros a ver quién
cogía la patata caliente. Los enfermeros y demás personal del hospital
escriben anónimamente a los medios de comunicación para denunciar las
improvisaciones y chapuzas cometidas por las autoridades sanitarias,
aceptando a un enfermo en un entorno hospitalario sin las instalaciones
adecuadas y sin la formación necesaria. La oposición política aprovecha
la coyuntura...
Mientras, la mayor parte de
los españoles se pregunta con terror si esa nueva peste negra va a
asolar el país, y la mayoría clama contra un Gobierno que se arriesgó a
traer el mal a casa, para quedar bien ante la opinión pública. Quienes
clamaron contra la "insensibilidad" del Gobierno que dudaba en repatriar
a los sufridos misioneros que luchan contra el ébola, ahora lamenta su
"irresponsabilidad": pues oiga, si esos misioneros fueron allí era cosa
suya, ¿no? Ellos se fueron allí, ellos lo han querido. ¡Ah, el miedo!
Por Inma Álvarez
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