Con el paso del tiempo cada vez lo veo más claro: escuchamos con el corazón, no con los oídos. Por eso, cuando el corazón se endurece, perdemos el oído, la capacidad de escuchar a los hombres y a Dios.
El salmo de hoy nos lo recuerda: «Ojalá escuchéis hoy su voz. No endurezcáis vuestro corazón». Escuchamos con el corazón, vemos la vida con nuestro interior, miramos con los ojos del alma. Juzgamos la realidad desde lo que hay en el fondo de nuestro ser.
A veces desconocemos de dónde vienen nuestros miedos y desconfianzas. Vienen de ese lugar sagrado, del océano que hay en nosotros. Lo que se queda en la cabeza se acaba olvidando. Esa memoria es muy débil. La verdadera memoria no se encuentra en el cerebro. Los recuerdos importantes están guardados en el corazón. Allí reposan los acontecimientos más valiosos de nuestra vida, las experiencias más hondas. Los amores más profundos, las heridas más difíciles. Tantos recuerdos cargados de emociones.
El salmo de hoy nos lo recuerda: «Ojalá escuchéis hoy su voz. No endurezcáis vuestro corazón». Escuchamos con el corazón, vemos la vida con nuestro interior, miramos con los ojos del alma. Juzgamos la realidad desde lo que hay en el fondo de nuestro ser.
A veces desconocemos de dónde vienen nuestros miedos y desconfianzas. Vienen de ese lugar sagrado, del océano que hay en nosotros. Lo que se queda en la cabeza se acaba olvidando. Esa memoria es muy débil. La verdadera memoria no se encuentra en el cerebro. Los recuerdos importantes están guardados en el corazón. Allí reposan los acontecimientos más valiosos de nuestra vida, las experiencias más hondas. Los amores más profundos, las heridas más difíciles. Tantos recuerdos cargados de emociones.
Por el P. Carlos Padilla
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