Stephen Hawking (Oxford, 1942) ya no puede mover ni un dedo. La
devastadora enfermedad que empezó a corroer su sistema nervioso, cuando
sólo tenía 21 años, ni siquiera le permite manejar el ratón que usaba
antes para seleccionar palabras en su ordenador y transmitirlas a través
de un sintetizador de voz. Los músculos de su rostro se han convertido
en las últimas herramientas corporales que le quedan para comunicarse, activando con la mejilla derecha un sensor acoplado sobre sus gafas.
Gracias a esta impresionante tecnología diseñada especialmente para
él, Hawking logra mover un cursor en una pantalla y activar así la
legendaria voz robótica que habla en su nombre con acento americano.
Pero pese al esfuerzo titánico que debe afrontar para compartir sus
ideas, ha concedido una entrevista exclusiva para los lectores de EL
MUNDO.
Por Pablo Jáuregui
Foto de Carlos García Pozo

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