Nuestros cuerpos y nuestras almas tienen por separado su proceso de
madurez, y no siempre están en armonía. Así, T. E. Laurence, en “Los
siete pilares de la sabiduría”, hace este comentario sobre alguien:
“Tenía miedo de su madurez conforme profundizaba más, con su maduro
pensamiento y acabado arte, pero a la que le faltaba la poesía de la
infancia para hacer vivo un final completo de la vida… su condicionada y
mortal alma madurando más rápidamente que su cuerpo, iba a morir antes
que él, como la mayoría de las nuestras”.
Sospecho que todos nosotros, a algún nivel, tenemos miedo de crecer en
madurez. No es tanto que no queramos dejar los hábitos de nuestra
juventud o que temamos que los gozos de la madurez sean de segunda
categoría en comparación con los placeres de la juventud. Hay -creo yo-
una razón más profunda: “Tememos -como Laurence indica- que nuestra
madurez nos despojará de la poesía de nuestra juventud y nos hará viejos
antes de tiempo”. ¿Qué significa esto?
Por Ron Rolheiser (Trad. Benjamín Elcano, cmf)

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