José Ignacio se moría. Un corazón deforme, varios colapsos pulmonares,
una malformación en los dos hemisferios cerebrales, extensas
hemorragias... Demasiada metralla para un bebé de apenas unos meses. En
la operación para arreglar una hernia en sus intestinos, su cuerpo dijo
basta y se rindió, aunque esta vez los médicos consiguieron recuperarlo.
Lo peor ocurrió semanas después: la crisis definitiva, casi una hora
sin latidos. Y, de repente, cuando los sanitarios iban a comunicar la
sentencia de muerte a sus padres, el corazón del pequeño despertó y
comenzó a bailar con la vida, ya para siempre.
Por eso, algunos le llaman el niño-milagro. Por eso y porque los siete
médicos que lo trataron, dos enfermeras y otros tres especialistas
ajenos al caso han certificado ante el Vaticano que no hay una
explicación razonable para su curación. Así las cosas, José Ignacio es
el milagro que ha convertido en beato a Álvaro del Portillo, el prelado del Opus Dei fallecido hace 20 años.
Por Carmelo Pérez
Foto de Sergio González

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