José Luis Pinilla, jesuita, director del
Secretariado de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española, viajó
este verano hasta Tánger y Nador, para «acariciar las entrañas de
aquellos que sufren». Inesperadamente, su visita coincidió con uno de
los saltos a la valla, y pudo comprobar in situ cómo las
congregaciones religiosas en la frontera trasladan a los heridos y
acompañan a los miles de jóvenes que se amontonan en los bosques para
intentar, una y otra vez, alcanzar Europa.
Me gusta empezar el camino peregrino por Tarifa, antes de cruzar
el Estrecho. Lugar de primeras y últimas arribadas de inmigrantes. Unos
llegan al comienzo de su peripecia en el continente europeo. Otros
llegan para que sus restos queden para siempre entre nosotros. Beso la
arena. Luego, rezo en el cementerio por los inmigrantes innominados
-Dios sí sabe su nombre-, que la Iglesia entierra.
Por José Luis Pinilla sj

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