"Una democracia decente necesita tanto de la calle como del parlamento, del grito como de la conversación, del movimiento como de la institución. Se amplía así el sentido de lo político y la esfera pública deja de identificarse con los dominios del Estado. La indignación ha convertido la calle y la plaza en un espacio público de libertades cívicas, autónomo frente al poder político y al poder económico".
En tiempos de turbulencia social y de cataclismos financieros, hay una indignación que se despierta ante el poder destructivo de lo humano y se despliega en torno al grito de “otro mundo es posible”. Nace en contacto con la inhumanidad, que hiere y ofende; hiere el sufrimiento evitable y ofende la injusticia manifiesta.
Por Joaquín García Roca

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