Poco después de llegar a Monrovia, me di cuenta de que mis colegas estaban desbordados por la magnitud del brote de Ébola.
Nuestro centro de tratamiento —el mayor que Médicos sin Fronteras ha
abierto en su historia— estaba lleno, y Stefan, nuestro coordinador de
terreno, estaba de pie en la puerta informando a la gente de que no se
podían aceptar más pacientes. En una misión de MSF, uno tiene que ser
flexible. Esta no era una labor que hubiéramos planeado y asignado para
que alguien la hiciera, pero alguien tenía que hacerla, y yo di un paso
adelante.
Durante los tres primeros días que estuve de guardia en la puerta,
apenas paró de llover. Las personas estaban empapadas, pero permanecían
ahí esperando porque no tenían otro lugar adonde ir.
Por Pierre Trbovic

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