17 septiembre 2014

A veces, hay buenas razones para llorar

Poco después de llegar a Monrovia, me di cuenta de que mis colegas estaban desbordados por la magnitud del brote de Ébola. Nuestro centro de tratamiento —el mayor que Médicos sin Fronteras ha abierto en su historia— estaba lleno, y Stefan, nuestro coordinador de terreno, estaba de pie en la puerta informando a la gente de que no se podían aceptar más pacientes. En una misión de MSF, uno tiene que ser flexible. Esta no era una labor que hubiéramos planeado y asignado para que alguien la hiciera, pero alguien tenía que hacerla, y yo di un paso adelante.
Durante los tres primeros días que estuve de guardia en la puerta, apenas paró de llover. Las personas estaban empapadas, pero permanecían ahí esperando porque no tenían otro lugar adonde ir.
Por Pierre Trbovic

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