
Evidentemente, el título a muchos les resultará ya injustificable. Para todos aquellos para quienes razón y fe no entran -habitualmente- en muchas contradicciones, nos sonará muy normal. Esto de las contradicciones entre mi razón y mi fe no son menores que entre mi razón y mis sentimientos, o entre mi razón y mis acciones. No por incoherencia, sin más; también por limitación, amplitud, complejidad y dosis de misterio elevadas. Sinceramente, hay veces que no son más que contradicciones aparentes, aunque en ocasiones sí que tengan entre ellas sus más y sus menos. Puestos a ser sinceros, hay contradicciones incluso dentro de los mismos deseos de una persona, dentro del mismo amor, dentro del mismo querer, dentro de las propias pasiones.
El asunto es que me planteo sinceramente si Dios es bueno. La pregunta es importante. Todo creyente alguna vez se enfrenta a ella más o menos teóricamente, como todo amante a su propio amor, como todo amigo a su relación de confianza. No viene motivada en principio por nada especialmente llamativo, o sí. Dependiendo con quien comparte mi situación y en qué me fije, puedo verme como alguien que está pasándolo muy mal y sufriendo mucho, o alguien que tiene grandes facilidades y medios para vivir, que debería dar las gracias. Como de costumbre, compararse no llevará a nada bueno seguramente. Y, por otro lado, existe en el ser humano una tendencia penosa a compararse con aquello que quiere alcanzar, en lugar de mirar sinceramente el mundo alrededor y reconocer su situación. Es lo que hace penoso siempre nuestro punto de referencia, por debajo de lo deseable, poco equilibrado, terriblemente injusto.
Me inquieta, de verdad. Y comprendo perfectamente que haya inquietado y angustiado a otras personas antes, y que lo siga haciendo en el futuro. Es una cuestión absolutamente seria.
En negativo me cuesta menos pensar. Es decir, por qué creo que Dios no es malo. No habría escapatoria, dicho sea de paso. Sin embargo, el salto a lo positivo, a lo admirable.
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