09 abril 2014

PERLA ESCONDIDA EN LA CARTA Nº 226

Carta nº 226    Diciembre 1901
“Lo que me dice de Peñaranda, de enfermas, lo siento mucho. El Señor quiera aliviarlas.”

            Hay veces en la vida que no puedes dar respuesta a todo, que no puedes aliviar algo del dolor de  los demás, hay veces en la vida  que no llegas y lo sientes de verdad, es decir, no sólo con palabras.

            Y cuando esto ocurre, o cuando ocurre algo parecido es cuando descubres con una cara entre sonrisa y tristeza que menos mal que las cosas no dependen exclusivamente de ti, que el mundo no se va  a arreglar sólo con tus manos. Es cuando descubres que Dios alivia las cargas de los demás, pero agradece que tú hagas lo que puedas, hasta donde puedas, hasta donde den de sí tus limitadas manos.

            Bien está expresado el tiempo verbal que la M. Cándida utiliza en esta ocasión: “quiera”. Hoy diría que el Señor “quiere” siempre aliviarnos. Y siempre lo hace. Aunque, a veces lo hace como un buen padre, dejando llorar al hijo para que entienda algo que desde fuera es difícil de entender.

            Algo así ocurrió en el pueblo de Marta, María y Lázaro. Llegó y alivió el dolor de aquella casa. Lo alivió hasta el extremo de volver a la vida a Lázaro. Y descubrimos a ese Jesús que llora ante la muerte.

            Algo así ocurre hoy en cualquier pueblo del mundo, en casa de tanta gente que, faltarían líneas para poner los nombres de todas las personas. Llega Jesús, porque le llaman, y alivia el dolor de la casa donde le llaman. Y lo alivia hasta el extremo de volver la vida a esa persona y a esa casa, de devolver la sonrisa y la paz a esa casa. Y descubrimos que ante la muerte lloramos pero no nos quedamos ahí. Eso es para los que no creen en ese Jesús de Nazaret que vence a la muerte.

            Porque el Señor quiere aliviarnos, porque el Señor siempre está a nuestro lado. Porque Él es “la resurrección y la vida y el que cree en Él…” Y hay algo en esta escena contada por Juan que es aplicable al hoy y al siempre: “yo sé que tu (Padre) me escuchas siempre”.

            Y en estos tiempos de desánimo es muy bueno volver a escuchar: “Levántate”. Hoy es una palabra de ánimo que no se refiere sólo a la muerte, sino a cualquier caída, cualquier momento triste o de abatimiento. Cuando esto nos ocurra acordémonos de sus palabras: “Levántate”.

            

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