Carta nº 226
Diciembre 1901
“Lo que me dice de Peñaranda, de enfermas, lo siento mucho. El Señor
quiera aliviarlas.”
Hay
veces en la vida que no puedes dar respuesta a todo, que no puedes aliviar algo
del dolor de los demás, hay veces en la
vida que no llegas y lo sientes de
verdad, es decir, no sólo con palabras.
Y
cuando esto ocurre, o cuando ocurre algo parecido es cuando descubres con una
cara entre sonrisa y tristeza que menos mal que las cosas no dependen
exclusivamente de ti, que el mundo no se va
a arreglar sólo con tus manos. Es cuando descubres que Dios alivia las
cargas de los demás, pero agradece que tú hagas lo que puedas, hasta donde
puedas, hasta donde den de sí tus limitadas manos.
Bien
está expresado el tiempo verbal que la M. Cándida utiliza en esta ocasión:
“quiera”. Hoy diría que el Señor “quiere” siempre aliviarnos. Y siempre lo
hace. Aunque, a veces lo hace como un buen padre, dejando llorar al hijo para
que entienda algo que desde fuera es difícil de entender.
Algo
así ocurrió en el pueblo de Marta, María y Lázaro. Llegó y alivió el dolor de
aquella casa. Lo alivió hasta el extremo de volver a la vida a Lázaro. Y
descubrimos a ese Jesús que llora ante la muerte.
Algo
así ocurre hoy en cualquier pueblo del mundo, en casa de tanta gente que,
faltarían líneas para poner los nombres de todas las personas. Llega Jesús,
porque le llaman, y alivia el dolor de la casa donde le llaman. Y lo alivia
hasta el extremo de volver la vida a esa persona y a esa casa, de devolver la
sonrisa y la paz a esa casa. Y descubrimos que ante la muerte lloramos pero no
nos quedamos ahí. Eso es para los que no creen en ese Jesús de Nazaret que
vence a la muerte.
Porque
el Señor quiere aliviarnos, porque el Señor siempre está a nuestro lado. Porque
Él es “la resurrección y la vida y el que cree en Él…” Y hay algo en esta
escena contada por Juan que es aplicable al hoy y al siempre: “yo sé que tu
(Padre) me escuchas siempre”.
Y
en estos tiempos de desánimo es muy bueno volver a escuchar: “Levántate”. Hoy
es una palabra de ánimo que no se refiere sólo a la muerte, sino a cualquier
caída, cualquier momento triste o de abatimiento. Cuando esto nos ocurra
acordémonos de sus palabras: “Levántate”.
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