Presiento un rebrote de literatura que pone énfasis en la coherencia, como virtud esencial en todos los ámbitos de la vida. En algunos suena más a un esfuerzo ímprobo por la autenticidad, por mostrarnos tal y como somos, con lo que sentimos y pensamos, casi sin filtros y asumiendo lo que pueda pasar. En otros resuena una búsqueda más profunda, en la que entra a dialogar e intervenir algo más que el hombre consigo mismo. Aunque, dicho sea de paso, lo primero ya tiene, de por sí, suficiente tela.
Algunas personas a las que he pedido que me dijeran lo que entienden por coherencia, no han sabido decirme de primeras qué es. Se han parado, han pensado. Y todas me han dicho cosas diferentes. Unas, por cierto, con un alto carácter moralizante y de exigencia, como queriendo decir que las personas son “presas y esclavas”, o deben al menos serlo, de sus propios pensamientos. Otras, con algo que llamaría orientación metafísica, se han centrado en la unidad de la persona. Con los problemas que eso abre.
Advierto además que, como en tantas otras cuestiones, se ve antes la incoherencia en el ojo ajeno que la propia. Siendo la propia, según parece a quienes más defienden la coherencia, lo único que les debería preocupar.
- Perfección y coherencia. A los que defienden la coherencia como si fuera el camino de la perfección humana, les diría abiertamente que no. Que están muy equivocados. Pero algunos proponen esto debajo de sus líneas. Se esconde esta tensión, este anhelo. Lo que ocurre es que, una vez escrito al modo como lo escriben, lo que piden es coherencia para otros principalmente.
- Coherencia, ¿para quién? Pregunto de otro modo: ¿no será la coherencia la máxima defensa de la apariencia, y por tanto de la hipocresía más radical, de obrar de cara a los demás, al público en grande? En algunas cosas que leo preocupa la falta de coherencia por el “mal testimonio” que se da a otros. Que ciertamente es un flaco favor que se hace a quienes están en búsqueda o son más frágiles.
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