Cuando en clase explicaba, con seriedad, los principios de identidad y de no contradicción, descubiertos en la antigüedad por Parménides, era imposible sostener la risa de más de un alumno. Le parecía tan evidente que “lo que es, es; y lo que no es, no es”, que la filosofía incluso se le presentó como la ciencia de lo fácil. Entonces les invitaba y retaba a decir evidencias de la misma profundidad y calado, a desvelar y hacer público lo evidente, lo elemental, lo más sencillo, aquello a lo que todos creemos tener acceso. Nunca tuve una respuesta magistral, a pesar de haber disfrutado en clase con alumnos y alumnas verdaderamente excepcionales, mucho mejores en todos los sentidos que quien les enseñaba.
Sólo una vez completamos esta parte con un ejercicio sobre evidencias que siempre resulta. Se trata de decirle a alguien, al azar entre el grupo, aquello que vemos los demás en él, con naturalidad. No sólo opiniones, sino lo que consideramos que es evidente para nosotros. Aquello que no dudamos que la otra persona conoce, aquello que ¡cómo no va a saber de sí mismo! Y el asombro es doble: por un lado, porque tenemos que frenar la serie de evidencias y “frases” que, como si fueran todas verdad, se lanzan sobre la otra persona una vez damos rienda suelta y cogemos soltura; y por otro, que en absoluto podemos decir que quien las recibe las acoja todas como verdad, más bien al contrario, procura defenderse de muchas de ellas y se siente avergonzado al verse tan descubierto y desprotegido.

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