
Cada día tengo más claro que el día no comienza al despertar, como se suele enseñar teniendo los calendarios y los relojes por educadores y maestros. El día comienza la noche anterior, cuando todo lo vamos apagando y silenciando discretamente, cerrando carpetas que solemos decir, cuando nos metemos en la cama dispuestos a descansar y pensamos unos minutos en todo aquello que dejamos atrás, como petrificado y disponible ante nuestra mirada y conciencia, y damos inicio al sueño en imágenes de lo que sobrevendrá inexorablemente a la mañana siguiente, como soñado y en nebulosas.
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