Cuando
a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la
palabra. Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían
meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba
Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados
quedan perdonados.»
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
«Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera
de Dios?»
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis
eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados quedan
perdonados" o decirle "levántate, coge la camilla y echa a andar"? Pues,
para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para
perdonar pecados ... »
Entonces le dijo al paralítico: «Contigo hablo: Levántate, coge tu
camilla y vete a tu casa.»
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos.
Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto
una cosa igual.»
Cada
día asistimos a milagros. Son pequeños, es cierto, y tal vez no arreglen mucho,
pero nos llenan de esperanza.
Jesús
de Nazaret no era un revolucionario al uso. No pretendía subvertir el orden
establecido cambiando las estructuras de poder, sino cambiando el corazón del
ser humano.
¿Qué
es más difícil, curar a un paralítico o curar un corazón herido, endurecido,
desesperanzado, esclavizado?
La
imagen de esta semana es la de un flashmob
(una “actuación” organizada de un grupo de personas en un lugar público
para llamar la atención sobre algo) en una oficina de desempleo.
La
semana pasada, un grupo de jóvenes interpretaron “Here comes the sun”, de los
Beatles en medio de la sala del INEM de Nuevos Ministerios.
El
milagro fue patente: las caras de los desempleados -corazones
heridos, desesperados, esclavizados- se empezaron
a iluminar al oír algo hermoso en un lugar que ciertamente no lo es. Parecían
estar oyendo “Contigo hablo: levántate”.
Tenemos la capacidad de obrar milagros, de curar,
de revolucionar la realidad, de darle la vuelta a las situaciones más adversas.
Lo que debemos hacer es cambiar el corazón, no tanto la cabeza.
HAY CAUSA, HAY TRABAJO Y HAY ESPERANZA.
• ¿Qué situaciones adversas podría yo invertir?
• ¿Qué cambio interno, de mi corazón, requieren?
Oración realizada hoy en nuestro colegio Mater Purissima de Madrid

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