Isabel de Hungría, hija de los reyes de Hungría, la niña, novia, esposa, madre, reina, viuda y santa, la que apenas nacida, su padre, el Rey de Hungría, la prometió en matrimonio al príncipe Luis VI, hijo del landgrave de Turingia, que tenía 11 años. A los cuatro años fue enviada al castillo de Wartburg, donde Lutero tradujo al alemán el "Nuevo Testamento". En aquel castillo residía la corte y el palacio de Sajonia, hoy uno de los 16 Estados federados de Alemania, y allí fue enviada para ser educada como princesa. Allí vivieron juntos Isabel y Luís, Luís e Isabel, y como niños jugando juntos, se enamoraron. El uno sin el otro no podía vivir.
A los catorce años contrajeron matrimonio y en la misma ceremonia nupcial fue coronado el príncipe. Su matrimonio no sólo fue una unión política, sino un matrimonio por amor en el que florecieron tres hijos. Se amaban tan intensamente los esposos que ella le decía a Dios: "Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿cuánto más debiera amarte a Ti?". Y Luís, a un cortesano que le preguntó si estaría dispuesto a renunciar a su esposa, le repuso señalando una alta montaña que tenían enfrente: que, ni por aquella montaña convertida en oro fino, perdería a su esposa. Por su gran amor aceptaba de buen grado que Isabel repartiera a los pobres cuanto encontraba en casa y respondía a los que la criticaban: "Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros".
ROSAS BAJO EL DELANTAL
Acusaron a la princesa ante su esposo de derrochar sus bienes y agotar los graneros y los almacenes. El landgrave Luis quería a su esposa con delirio, pero se vio precisado a pedirles una prueba de su acusación. - Espera -le dijeron- y verás salir a la señora. Y el duque vio a su mujer que salía a hurtadillas, de palacio cerrando cautelosamente la puerta. La detuvo y le preguntó:- ¿Qué llevas en la falda? -Rosas -contestó Isabel olvidando que era pleno invierno. Extendió el delantal, y los panes se habían convertido en rosas. Los dos esposos vivieron muy felices en su castillo de Wartburg. Su gobierno ha sido uno de los más cristianos. En un año de escasez, Isabel gastó todo su tesoro en socorrer a los necesitados. Se encontró a un leproso abandonado en el camino, y lo acostó en su propia cama con su marido ausente. Llegó este inesperadamente y le contaron el caso. Cuando iba a regañarla, vio en su cama, no al leproso sino un hermoso crucifijo chorreando sangre. Recordó que Jesús premia lo hecho a los pobres como hechos a Él mismo.
MUERE SU ESPOSO
Cuando tenía veinte años y su hijo menor recién nacido, su esposo, murió como cruzado en Tierra Santa. Isabel estuvo a punto de desesperarse, pero se resignó y aceptó la voluntad de Dios. Rechazó varias ofertas de matrimonio y se decidió a vivir en la pobreza y dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados. Un día fue al templo vestida con los más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: "¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?". Nunca más volvió con vestidos lujosos al templo de Dios.
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Isabel de Hungría, hija de los reyes de Hungría, la niña, novia, esposa, madre, reina, viuda y santa, la que apenas nacida, su padre, el Rey de Hungría, la prometió en matrimonio al príncipe Luis VI, hijo del landgrave de Turingia, que tenía 11 años. A los cuatro años fue enviada al castillo de Wartburg, donde Lutero tradujo al alemán el "Nuevo Testamento". En aquel castillo residía la corte y el palacio de Sajonia, hoy uno de los 16 Estados federados de Alemania, y allí fue enviada para ser educada como princesa. Allí vivieron juntos Isabel y Luís, Luís e Isabel, y como niños jugando juntos, se enamoraron. El uno sin el otro no podía vivir.
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