Conocemos las circunstancias en las que muchos maestros y maestras ejercen su labor diaria y que, en muchas ocasiones, los lleva a la depresión y a la enfermedad psicológica: adolescentes semi-analfabetos que no les tienen ningún respeto, que los amenazan, que incluso los golpean; padres incapaces de proponer a sus hijos unas mínimas norma éticas y sociales de comportamiento y que, además, no ayudan a los profesores a intentarlo; una sociedad “pragmática” que no muestra auténtico interés en el grave problema escolar.
A pesar de todo, hay padres que sí se preocupan de la educación de sus hijos y colaboran sinceramente con los maestros; conocemos a chicos y chicas estupendos, inquietos, estudiosos, por los que merece la pena luchar; vemos cada día a educadores de todas las edades y niveles que se dejan la vida en las aulas.
Ser maestro no puede ser simplemente transmitir de forma aséptica y fría los distintos saberes, técnicas y hábitos que preparan al niño para hacer o fabricar algo, para ocupar un puesto o ganar un sueldo. Todo esto es necesario, pero sólo en la medida en que nace de algo mucho más profundo.
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