Por Miguel Ruano
Hace unos meses preparándome para el encuentro de Laicos en Brasil se iba haciendo notorio en la oración personal el situarme a mirar el Rosarillo.
Una silueta de mujer con toca, miraba hacia El y su mirar me provocaba y me impulsaba a mirar y contemplar lo mismo que ella mira y contempla. Era fijar la mirada y entrar en la escucha, en el diálogo de aquella FAMILIA tan entrañable y su proyecto de amor para quienes hacían objeto de su conversación y su proyecto de hacerlos felices. Ese HACER que arranca de sus entrañas de lo mas profundo de la Trinidad. Quedarme de esta manera callado y en silencio para entrar en este manantial que baña todos los tejidos de la historia humana y de mi persona.
Callar y contemplar lo que mis ojos y mi alma observaban, para saborear tanto amor y adorar agradeciendo tanto bien del que somos objetos los seres humanos. En el retablo se nos hace a la humanidad hijos en el HIJO. Una FAMILIA que nos convocaba a ser en el Hijo, hijos... para convocar a toda la humanidad desde esta vocación a la fraternidad de todos los hombres y mujeres (”En Jesús todo lo tenemos y sin el todo lo tenemos perdido”). Es El, quien ocupa el centro y el corazón de esta mujer. Es El su riqueza y su todo.
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