30 julio 2012

Vidas heridas

Echa de menos calzarse sus patines y deslizarse por las calles de Ciudad Juárez. Ahora maneja dos ruedas, pero son las de la silla en las que se se transporta. Con solo 25 años, una bala perdida le paralizó las piernas a finales de mayo de 2010. Javier -quien prefiere ocultar su nombre real- reparaba una instalación eléctrica en un garaje de esta urbe fronteriza, cuando vio un tiroteo en la calle. Se agachó a recoger sus herramientas para esconderse y un proyectil le penetró la columna, justo en la séptima vértebra. Perdió el equilibrio al momento. Su jefe lo llevó a la Cruz Roja y de ahí lo trasladaron en ambulancia al Hospital General. Al quinto día le operaron para sacarle el plomo. En ese momento supo que había perdido las piernas. Al trauma físico y psicológico de Javier y de su familia se sumaron los gastos médicos. No estaba asegurado y sus padres tuvieron que asumir todos los costos de la operación y los quince días de internamiento. Pero apenas empezaba el calvario. Javier tuvo que aceptar sus nuevas limitaciones, su dependencia. Pedir ayuda para ir al baño, para ducharse, para acostarse, para subirse a un carro. Su hermano dejó los estudios para ayudarle, porque su madre no podía cargarlo sola. Tuvieron que reacomodarse a vivir solo con el salario del padre. Y así siguen.

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