Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos.
Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?".
Jesús, que había oído, respondió: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos.
Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".
Reflexión
No "justos", sino servidores.
¿Quién podría considerarse realmente justo ante el Padre? Dios no hace favoritismos, su misericordia es tan grande como grande es su amor. Un amor que no conoce límites ni excepciones. Es así como Jesús llama a Mateo y le ofrece su amistad, su tiempo, su cariño.
Seguramente, Cristo fue el primero en manifestar estos sentimientos de acogida y de servicio. Y la alegría que debió experimentar Mateo cuando vio que Cristo se le acercaba a él, que era un publicano no muy bien visto por los rabinos.
Ciertamente, su conducta de vida no fue de las mejores. Pero es esta justo la piedra de tropiezo para los fariseos. Como Hijo de Dios, Jesús dice haber venido a la tierra para cuidar y curar a los enfermos como un médico de almas, más que del cuerpo. Los fariseos, que se decían ministros de Dios, pretendían hacer quedar mal a Cristo achacándole de que andaba en compañía de un publicano. Sin embargo, ¿quién es el que tendrá que levantarse para ir a llevar el anuncio de alegría a quien lo necesita? Como la enfermedad que es nociva, así también lo es el pecado. Pero si nadie se acerca al pecador para curarlo, ¿cómo va a sanar? ¿quién va a curarle? Ante este ejemplo de Cristo, ¿cómo nos comportamos nosotros? Recordemos el espíritu humilde de servicio que Cristo nos dejó al lavar los pies de Judas. Sabiendo que le entregaría Cristo lo perdona y le ama.
Propósito
Buscar un acercamiento o tener un acto de caridad con esa persona que «me cuesta» aceptar.
No "justos", sino servidores.
¿Quién podría considerarse realmente justo ante el Padre? Dios no hace favoritismos, su misericordia es tan grande como grande es su amor. Un amor que no conoce límites ni excepciones. Es así como Jesús llama a Mateo y le ofrece su amistad, su tiempo, su cariño.
Seguramente, Cristo fue el primero en manifestar estos sentimientos de acogida y de servicio. Y la alegría que debió experimentar Mateo cuando vio que Cristo se le acercaba a él, que era un publicano no muy bien visto por los rabinos.
Ciertamente, su conducta de vida no fue de las mejores. Pero es esta justo la piedra de tropiezo para los fariseos. Como Hijo de Dios, Jesús dice haber venido a la tierra para cuidar y curar a los enfermos como un médico de almas, más que del cuerpo. Los fariseos, que se decían ministros de Dios, pretendían hacer quedar mal a Cristo achacándole de que andaba en compañía de un publicano. Sin embargo, ¿quién es el que tendrá que levantarse para ir a llevar el anuncio de alegría a quien lo necesita? Como la enfermedad que es nociva, así también lo es el pecado. Pero si nadie se acerca al pecador para curarlo, ¿cómo va a sanar? ¿quién va a curarle? Ante este ejemplo de Cristo, ¿cómo nos comportamos nosotros? Recordemos el espíritu humilde de servicio que Cristo nos dejó al lavar los pies de Judas. Sabiendo que le entregaría Cristo lo perdona y le ama.
Propósito
Buscar un acercamiento o tener un acto de caridad con esa persona que «me cuesta» aceptar.
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