¿Cuántos
de vosotros habéis visto cómo se convertía vuestro salón en leonera cuando vuestros hijos han vuelto de pasar
unos días de campamento? ¿Cuántos al regresar de vuestras vacaciones, no
podíais cerrar la maleta y os habéis sentado encima? ¿Cuántos habéis hecho precisamente
esa maleta con mucha ilusión pero os ha entrado una pereza terrible al tenerla
que deshacer?
Todos
estamos unidos a nuestro equipaje, el que nos ha acompañado este curso y el que
llevamos a lo largo de la vida. Al principio es pequeño y pesa poco. En una
sencilla bolsa de mano llevamos lo que creemos que será necesario.
Pero, poco a
poco, la maleta se convierte en parte de nosotros mismos y en ella acumulamos
los que creemos que necesitaremos más adelante: aquello que sirve, aquello que
no, eso que los demás nos dicen que metamos, lo que guardamos por si acaso...
Pero la
maleta se llena... se llena de tantas cosas que, sin darnos cuenta, nos hacemos
esclavos de la misma y a veces, es necesario hacer un alto en el camino y sacar
aquello que no es útil para quedarnos con lo que nos será realmente
imprescindible. De no hacerlo corremos el riesgo de llegar a decir: ¿Dónde
guardé los buenos momentos? ¿Y la felicidad? ¿Traje el botiquín de ayuda al
necesitado?
En este
año que ha estado marcado por el jubileo, llegamos al final del trayecto con
nuestra maleta llamada corazón ligera de cosas innecesarias y repleta de
experiencias, momentos para recordar, compañeros de viaje, sonrisas, cariño,
dificultades superadas... Y por eso, el pasado domingo el colegio FI de Salamanca celebró con una eucaristía, una paella compartida y un concierto solidario que este
curso hemos metido un año en la maleta, hemos metido un año de amor.

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