Dejó escrito: «He combatido bien mi
combate; he terminado mi carrera; he guardado la fe. Ahora me está
reservada la corona de justicia que Dios, justo juez, me dará en su día;
y no sólo a mí, sino a todos los que aman su venida».
Y fue mucha verdad que combatió, que
hizo muchas carreras y que guardó la fe. Su competición, desde Damasco a
la meta -le gustaba presentar la vida cristiana con imágenes
deportivas- no fue en vano, y merecía el podio. Siempre hizo su marcha
aprisa, aguijoneado con el espíritu de triunfo, porque se apuntó, como
los campeones, a los que ganan.
En otro tiempo, tuvo que contentarse
con guardar los mantos de los que lapidaban a Esteban. Después se
levantó como campeón de la libertad cristiana en el concilio que hubo en
Jerusalén. Y vio necesario organizar las iglesias en Asia, con Bernabé;
ciega con su palabra al mago Elimas y abre caminos en un mundo
desconocido.
Suelen acompañarle dos o tres
compañeros, aunque a veces va solo. Entra en el Imperio de los ídolos:
países bárbaros, gentes extrañas, ciudades paganas, caminos controlados
por cuadrillas de bandidos, colonias de fanáticos hebreos fáciles al
rencor y tardos para el perdón. Antioquía, Pisidia, Licaonia,
Galacia.
Y siempre anunciando que Jesús es el
hijo de Dios, Señor, Redentor y Juez de vivos y muertos que veinte años
antes había ido de un lado para otro por Palestina, como un vagabundo, y
que fue rechazado y colgado en la cruz por blasfemo y sedicioso.
Los judíos se conjuraron para
asesinarle. En la sinagoga le rechazan y los paganos le oyen en las
plazas. Alguno se hace discípulo y muchos se amotinan, le apedrean y
maldicen. Va y viene cuando menos se le espera; no tiene un plan previo
porque es el Espíritu quien le lleva; de casi todos lados le echan.
Filipos es casi-casi la puerta de
Europa que le hace guiños para entrar; de allí es Lidia la primera que
cree; pero también hubo protestas y acusaciones interesadas hasta el
punto de levantarse la ciudad y declararlo judío indeseable haciendo que
termine en la cárcel, después de recibir los azotes de reglamento. En
esta ocasión, hubo en el calabozo luces y cadenas rotas.
Tesalónica, que es rica y da culto a
Afrodita, es buena ciudad para predicar la pobreza y la continencia.
Judío errante llega a Atenas -toda ella cultura y sabiduría- donde
conocen y dan culto a todos los diosecillos imaginables, pero ignoran
allí al Dios verdadero que es capaz de resucitar a los muertos como
sucedió con Jesús.
Corinto le ofrece tiempo más largo.
Hace tiendas y pasa los sábados en las sinagogas donde se reúnen sus
paisanos. Allí, como maestro, discute y predica. El tiempo libre ¡qué
ilusión! tiene que emplearlo en atender las urgencias, porque llegan los
problemas, las herejías, en algunas partes no entendieron bien lo que
dijo y hay confusión, se producen escándalos y algunos tienen miedo a la
parusía cercana. Para estas cuestiones es preciso escribir cartas que
deben llegar pronto, con doctrina nítida, clara y certera; Pablo las
escribe y manda llenas de exhortaciones, dando ánimos y sugiriendo
consejos prácticos.
En Éfeso trabaja y predica. Los magos
envidian su poder y los orfebres venden menos desde que está Pablo; el
negocio montado con las imágenes de la diosa Artemis se está acabando.
Las menores ganancias provocan el tumulto.
Piensa en Roma y en los confines del
Imperio; el mismo Finisterre, tan lejano, será una tierra bárbara a
visitar para dejar sus surcos bien sembrados. Solo el límite del mundo
pone límite a la Verdad.
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