¡Sed
felices! Os lo digo de corazón, casi empalagosamente. ¡Sed felices!
Ninguna otra meta puede ser ni tan humana, ni tan deseable, ni tan
esencial hoy como esa. ¡Sed felices! Os lo repito cansinamente, ¡sed
felices! Los días que corren, que son todos, pueden dejar huella en
vosotros si no vivís en las nubes de la ignorancia, del deseo, de lo
meramente esperado. Comprometed vuestras vidas en esta alta meta, tan
pegada a la tierra y a las cosas de los hombres, como encumbrada sobre
las montañas, los cerros altísimos y las nubes del horizonte.
De nuevo hoy tengo la oportunidad de
acompañar a dos parejas en su matrimonio cristiano. Diacrónicamente. Por
la mañana, por la tarde. Y una tercera pareja a la que visitaré, con
gusto, esta noche cuando nazca su pequeña. ¡Cuánta vida! ¡Cúanto sueño!
¡Cuánto amor!
Soy de esos, por otro lado, que buscan
encontrar sentido a lo que hacen. Unas veces preguntándome a base de
estudio, y de lecturas. Otras dejándome llevar por la intuición. No me
agrada tanto cambiar y renovar, cuanto conformarme con lo que hay
entrando en su misterio. Y he descubierto con el paso de los años que la
liturgia del matrimonio es tremendamente rica, verdaderamente bella, y
magníficamente prudente. Supongo que se podrían decir muchas más cosas,
crear nuevos símbolos, alargarla hasta la saciedad con palabras y
palabras, intervenciones e intervenciones. Pero la que hay es sobria.
Vivida pausadamente no supera los 45 minutos. Pero insisto, se pueden
hacer, seguramente se hagan muchas otras cosas. Yo me conformo con lo
que hay, y me sobra. Al mismo tiempo se proclama presente, y pide
continuidad, desarrollo, crecimiento, expresión, longitud. La liturgia
se asemeja de este modo a un concentrado, al que hay que ir nutriendo de
agua con tiempo para que llegue a plenitud, o semilla que hoy germina
aguardando el fruto que vendrá, dará sabor y nutrirá la existencia.
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