11 junio 2012

Los eternamente descontentos

Supongo que más de una vez te has cruzado con esas personas a las que todo les parece mal. Hagas lo que hagas, tanto si se propone una cosa como la contraria. Ellos tienen palabras para apostillar en contra, juzgar precipitadamente y quedar por encima de los demás por la vía más simplona posible, la del comentario soez y despreciador, sólo posible en la más grande de las ignorancias. Existen de diversos rangos: desde los que lo ven todo negro, absolutamente negro, hasta quienes se quedan contentos y tranquilos con sólo descubrir un detalle que corregir, un punto que poner o una tilde que reescribir.
Están presentes en todos los ámbitos de la vida. En la política resplandecen como el sol y se engalanan ante las cámaras a pesar de su lengua venenosa e inteligencia maquiavélica. Sus resultados y las medidas que se proponen derivan de unos datos y estadísticas que, según parece, sólo ellos tienen escritas o sólo ellos saben leer adecuadamente. En la vida corriente se muestran igualmente despiadados, son peores compañeros de camino de lo que piensas. No son sabios, sólo se las dan de listos. Sus conocimientos se reducen a lo que otros han dicho previamente, pero no construyen nada nuevo por sí mismos. Si te fijas bien, los eternos descontentos no hablan por sí mismos ni comienzan la conversación, sólo se agazapan esperando el turno de palabra queriendo cerrar diálogos que estaban abiertos. Incluso en ámbitos de solidaridad, como el pasado viernes pude comprobar, hay quienes se quejan de las iniciativas de sensibilización que se llevan a cabo. No debe ser suficiente criterio el que manifiestan quienes, además de reservar esfuerzos y medios para combatir las lacras del mundo, tienen interés en comunicar a quienes están empezando a vivir que pueden cambiar el mundo, que no tienen por qué reproducir en sí mismos las insuficientes estructuras de sus antepasados. Lo dicho, que da igual el ámbito en el que te muevas. Piensa por ti mismo, y se hará luz sobre ellos. Los descubrirás. También en la Iglesia tenemos no pocos de estos sujetos adictos a la crítica permanente, a la apostilla continua y al matiz perverso. No hablaré demasiado de ellos, para no confundirme entre sus huestes.
¿Qué hacer con ellos, ante ellos, junto a ellos?

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