Supongo que más de una vez te has cruzado
con esas personas a las que todo les parece mal. Hagas lo que hagas,
tanto si se propone una cosa como la contraria. Ellos tienen palabras
para apostillar en contra, juzgar precipitadamente y quedar por encima
de los demás por la vía más simplona posible, la del comentario soez y
despreciador, sólo posible en la más grande de las ignorancias. Existen
de diversos rangos: desde los que lo ven todo negro, absolutamente
negro, hasta quienes se quedan contentos y tranquilos con sólo descubrir
un detalle que corregir, un punto que poner o una tilde que reescribir.
Están presentes en todos los ámbitos de la vida. En la política
resplandecen como el sol y se engalanan ante las cámaras a pesar de su
lengua venenosa e inteligencia maquiavélica. Sus resultados y las
medidas que se proponen derivan de unos datos y estadísticas que, según
parece, sólo ellos tienen escritas o sólo ellos saben leer
adecuadamente. En la vida corriente se muestran
igualmente despiadados, son peores compañeros de camino de lo que
piensas. No son sabios, sólo se las dan de listos. Sus conocimientos se
reducen a lo que otros han dicho previamente, pero no construyen nada
nuevo por sí mismos. Si te fijas bien, los eternos descontentos no
hablan por sí mismos ni comienzan la conversación, sólo se agazapan
esperando el turno de palabra queriendo cerrar diálogos que estaban
abiertos. Incluso en ámbitos de solidaridad, como el
pasado viernes pude comprobar, hay quienes se quejan de las iniciativas
de sensibilización que se llevan a cabo. No debe ser suficiente criterio
el que manifiestan quienes, además de reservar esfuerzos y medios para
combatir las lacras del mundo, tienen interés en comunicar a quienes
están empezando a vivir que pueden cambiar el mundo, que no tienen por
qué reproducir en sí mismos las insuficientes estructuras de sus
antepasados. Lo dicho, que da igual el ámbito en el que te muevas.
Piensa por ti mismo, y se hará luz sobre ellos. Los descubrirás. También
en la Iglesia tenemos no pocos de estos sujetos
adictos a la crítica permanente, a la apostilla continua y al matiz
perverso. No hablaré demasiado de ellos, para no confundirme entre sus
huestes.
¿Qué hacer con ellos, ante ellos, junto a ellos?
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