Quienes nos dedicamos a escribir corremos muchos riesgos. Entre ellos, los de pontificar, frivolizar y sentenciar. Defectos que a mí me aterrorizan. Siempre digo que en mis libros (que son tan poquitos que da vergüenza usar el plural) procuro huir de dar consejos al estilo de esos manuales de autoayuda que marcan directrices concretas y definidas. Yo prefiero lanzar temas de debate y dejar al lector el trabajo de hacer su propia reflexión. Pero es inevitable caer de vez en cuando en aseveraciones que pueden resultar demasiado fáciles de hacer por quien no se ve en la situación.
Pero ha ocurrido hace sólo unos meses que la cruda realidad me ha permitido comprobar hasta qué punto me creo lo que digo y soy capaz de aplicarme la misma medicina que sugiero a los demás.
Resultó que la revista “Presencia marista”, en la que colaboro de manera habitual, me pidió una columna que respondiera a la cuestión de que “no está el horno para bollos”. Y yo escribí lo siguiente:
Pero ha ocurrido hace sólo unos meses que la cruda realidad me ha permitido comprobar hasta qué punto me creo lo que digo y soy capaz de aplicarme la misma medicina que sugiero a los demás.
Resultó que la revista “Presencia marista”, en la que colaboro de manera habitual, me pidió una columna que respondiera a la cuestión de que “no está el horno para bollos”. Y yo escribí lo siguiente:
Por Mª Ángeles López Romero

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