En aquel tiempo mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó:
¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo
dijo, movido por el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a
mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies. El mismo
David le llama Señor; ¿cómo entonces puede ser hijo suyo? La muchedumbre
le oía con agrado.
En las palabras que resuenan en el Cielo, hay un anticipo del misterio
pascual, de la cruz y de la resurrección. La voz divina le define como:
"Mi Hijo, el amado", recordando a Isaac, el amadísimo hijo que el padre
Abraham estaba dispuesto a sacrificar, según la orden de Dios. Jesús no
es solo el Hijo de David, descendiente mesiánico real, o el Siervo en el
que Dios se complace, sino que es el Hijo unigénito, el amado, igual
que Isaac, que Dios Padre entrega para la salvación del mundo. En el
momento en que, a través de la oración, Jesús vive en profundidad su
filiación y la experiencia de la Paternidad de Dios, desciende el
Espíritu Santo, que lo guía en su misión y que Él difundirá después de
haber sido levantado en la cruz, para que ilumine la obra de la Iglesia.
En la oración, Jesús vive un ininterrumpido contacto con el Padre para
realizar hasta el final el proyecto de amor para los hombres.

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