En la audiencia general, celebrada en el Aula
Pablo VI, Benedicto XVI, prosiguió la catequesis sobre la oración en las Cartas
de San Pablo
“A menudo -dijo -rezamos para pedir ayuda en
nuestras necesidades (...)es normal porque necesitamos ayuda, la ayuda de los
demás, de Dios. Tenemos también que tener en cuenta que la oración que Cristo
nos enseño, el Padre nuestro es una oración de petición, y con esta plegaria,
el Señor nos enseña las prioridades. Por lo tanto, si es normal que en la oración
pidamos algo, no tiene que ser exclusivamente así. Hay también motivos para dar
las gracias (...) porque de Dios recibimos tantas cosas buenas. Asimismo, la
oración tiene que ser una alabanza; si abrimos el corazón nos damos cuenta, a
pesar de todos los problemas, de la belleza y la bondad de la creación”.
En el primer capítulo de la Carta a los Efesios,
san Pablo bendice a Dios porque nos ha hecho conocer el “misterio de su
voluntad”. Para los creyentes -dijo el Papa- el "misterio" no es
tanto lo desconocido, sino más bien la voluntad misericordiosa de Dios, su
designio de amor que en Jesucristo se revela plenamente y nos da la capacidad
de comprender con todos los santos cuál es su amplitud y (...) su profundidad”.
El misterio ignoto de Dios se revela y es que Dios nos ama, desde el inicio,
desde la eternidad.
El Apóstol reflexiona sobre las razones de esta
alabanza presentando los elementos clave del plan divino y sus etapas. “En
primer lugar tenemos que bendecir a Dios Padre, porque (...) nos ha llamado a
la existencia, a la santidad (...) desde siempre hemos estado en su designio.
(...) La vocación a la santidad, a la comunión con Dios pertenece a su plan
eterno, un plan que abarca la historia y que incluye a todos los hombres y
mujeres del mundo porque es una llamada universal. Dios no excluye a nadie, su
plan es sólo de amor (...)El apóstol subraya la gratuidad de este plan
maravilloso de Dios para la humanidad”.
En el centro de la plegaria de alabanza, San Pablo
muestra la forma en que se realiza el plan de salvación del Padre en Cristo. “El
sacrificio de la cruz de Cristo es el acontecimiento único e irrepetible con el
que el Padre ha demostrado (...) su amor por nosotros, no sólo con palabras
sino en términos concretos. Dios es tan concreto que su amor entra en la
historia; se hace hombre para saber como se vive y se siente en este mundo. Tan
concreto es su amor, que participa no solo de nuestro ser, sino también de nuestro
sufrir y nuestro morir. El Sacrificio de la Cruz hace que nos convirtamos en
propiedad de Dios. La sangre de Cristo (...) nos limpia de todo mal, nos libra
de la esclavitud del pecado y la muerte”.
Por último, la bendición divina se cierra con una referencia
al Espíritu Santo, efundido en nosotros . “La redención no se ha concluido
todavía (...) alcanzará su plenitud cuando los que Dios ha adquirido, serán
completamente salvados. Todos nos encaminamos hacia la redención (...) Y
tenemos que aceptar que ese camino es también nuestro, porque Dios quiere que
seamos criaturas libres, que nuestro sí sea libre. Caminamos por este camino de
redención con Cristo, y así la redención se cumple”.
En la oración - finalizó el Santo Padre- aprendemos a ver “los
signos de este plan misericordioso en el camino de la Iglesia . Así crecemos en
el amor de Dios, abriendo la puerta para que la Santísima Trinidad venga a
habitar en nosotros, ilumine (...) y guíe nuestra existencia. La oración (...)
genera hombres y mujeres animados, no por el egoísmo, el deseo de poseer, o la
sed de poder, sino por la gratuidad, el deseo de amar, la sed de servir; es
decir, animados por Dios: solo así se puede llevar luz a la oscuridad del mundo”.
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