Acepta con humildad tus límites. Vive la acogida, pero sin convertirte
en una oficina de información o beneficiencia. Cuida tu descanso, tu
silencio, tu oración, tu tiempo libre. Aprende a abreviar una
conversación, a recibir las visitas en los momentos adecuados y si es
necesario aplazarlas, e ir directo a lo esencial. La profundidad en la
escucha no se mide por la prolongación de la conversación. No es bueno
hablar sin medida, está en peligro de decir lo que no se debe y dejarse
llevar por todo viento de doctrina, como niños arrastrados y sacudidos
por el viento de inútiles y vanas conversaciones. De todos modos, nunca
podrás dar respuesta a todas las preguntas ni satisfacer todas las
peticiones.
Un camino monástico en la ciudad, Pierre-Marie Delfieux
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