No son espacios evidentes, perceptibles para el ciudadano ajeno a la
zona, sino más bien recovecos, escondrijos, rendijas en la trama urbana
de Barcelona, en su zona más postulante. Aquella que persiguiendo la
innovación y el talento también hospeda miseria: el 22@. Un recorrido
algo más exhaustivo, fintando entre jóvenes ingenieros del norte de
Europa que apuran el cigarro de media mañana, sí permite dar con esos
reductos abyectos: campamentos de caravanas, asentamientos irregulares,
naves ocupadas. Hay 21 en el distrito de Sant Martí, al que pertenece el
barrio tecnológico barcelonés, 36 en toda la capital catalana, y en
ellos subsisten 834 personas.
Extranjeros, salvo excepción no contabilizada, como Cosmin, un rumano
de etnia gitana, igual que los cuatro que hace algo menos de un mes fallecieron ahogados
por el humo en una chabola de la calle Bilbao. Apenas a unas manzanas,
en la confluencia entre Llull y Pamplona, el recuerdo está latente. Como
sus compañeros fenecidos, este padre de familia prefiere mantener a sus
hijos en su país de origen, deslomarse recogiendo chatarra y gastar lo
mínimo para enviar el resto a casa. Adecenta el solar en el que vive con
otras 11 personas, todas adultas, con una escoba autofabricada y ofrece
la espalda a la cámara para entonces desahogarse. "Aquí nos puede pasar
cualquier día lo mismo, nosotros también podemos quemarnos pero no
tenemos otro sitio para dormir. No queremos que nos echen". Es ése su
mayor temor y por eso la conversación transcurre con celeridad.
Foto de Jordi Soteras

No hay comentarios:
Publicar un comentario