Cuando se leen los trabajos de Joaquín García Roca
se percibe inmediatamente que este hombre
no es alguien que se haya dedicado al cultivo de
la sociología académica, ni tampoco un teólogo
al uso. Es un reconocido sociólogo, un gran
teólogo y conocedor del mundo filosófico. No en
vano tiene un doctorado en cada una de esas
disciplinas. Investigador inquieto e incansable,
tiene una curiosidad científica infinita pero que
él siempre ha filtrado a través de su experiencia
vital y su compromiso social, por eso sus temas
de estudio y de trabajo han estado siempre relacionados
con la solidaridad, las migraciones,
la educación, el bienestar social y, también, cómo
no (y este es su último trabajo, por cierto,
premiado), la Espiritualidad para voluntarios. Es
de esas personas que infunden respeto y a las
que uno les concede sin ningún reparo la autoridad.
No por su lejanía y formalidad sino justo
por lo contrario: por su conocimiento de los problemas,
su rigor analítico y su competencia, su
cercanía y su cordialidad. Pensamos en él, como
en tantas otras ocasiones, a la hora de pulsar
algunos aspectos del complejo problema de
Europa en nuestra revista.
Echando una mirada amplia sobre la UE, vemos
que hemos ido del tratado de Maastricht
y pasando por la entrada del euro (lo que supuso
una de las cesiones más extraordinarias
de soberanía que se habían conocido hasta
entonces), a una situación de reforzamiento
de las políticas nacionales, llegando a un momento
como el actual donde tenemos problemas
serios para avanzar en formas de soberanía
compartida que nos permitan el
establecimiento de una Unión Europea con
un papel más identificado y relevante en la gobernanza
actual. ¿Qué se ha hecho bien y
qué se está poniendo en peligro gravemente
en este proceso?
En tiempos de la dictadura, Europa era la solución,
en tiempos de la democracia, la Unión Europea
se ha convertido en una pesadilla. Para
una generación de españoles, Europa era más
que un territorio, era el lugar por excelencia de
la libertad, de los derechos humanos, de la tolerancia,
de la acogida de los exiliados y represaliados
de la guerra civil. Allí fuimos a ampliar estudios,
allí aprendimos otros modos de proyectar
el futuro. ¿Qué sucedió para que ese sueño emancipador
se haya convertido en un lastre de donde
proceden actualmente las malas noticias? Europa
exige recortes sociales… demanda más
austeridad… requiere sacrificios. La construcción
europea tiene graves problemas de diseño. Para
unos ese defecto de diseño se reduce a la ausencia
de mecanismos para garantizar la productividad
y la competitividad, para mí el defecto
de diseño es la articulación de los tres
generadores cuyas lógicas no han sabido conciliarse:
un Mercado Común, un Proyecto político
y una sociedad civil europea. La racionalidad del
mercado se apoderó de las otras dos racionalidades,
y los Estados y los mundos sociales se
han sometido a la única racionalidad mercantil,
que imposibilitan construir Europa más allá de
la racionalidad del mercado, y buscar una salida
a sus crisis más allá del mercado. Es el mercado
quien inicialmente construyó el ADN de Europa
y a quien se le confía la resolución de sus problemas.
Todas las instituciones locales, nacionales
e internacionales quedan sometidas a la ley
del mercado, aunque produzca enormes pirámides
de sacrificios, debilite la democracia y desmovilice
a la ciudadanía. Este imperio del mercado
ahora domina la escena política europea más
aplastantemente que nunca. Su última versión
es el capital financiero que se reproduce a sí mismo
y se independiza del proyecto político y de la
sociedad civil europea. Hasta llegar a creer que
la solución actual es la provisión de liquidez por
parte de los bancos centrales, la estabilidad financiera
y el estímulo a la demanda.

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