Estimado amigo, hace ya un año que te debía estas palabras, después del
diálogo que tuvimos sobre la trascendencia espiritual. Pero como lo
urgente siempre devora a lo necesario, la respuesta se ha demorado. Sin
embargo, aquí estamos otra vez en Semana Santa y otra vez hablando de
Dios. Agradecí tu preciosa descripción de lo que era la fe,
espléndidamente resumida en el canto de Atahualpa Yupanki: "Hay cosas en
este mundo / más importantes que Dios / que un hombre no escupa sangre /
pa que otros vivan mejor". Ese Dios que me mostraste, que no busca la
contemplación en sí mismo sino ser contemplado en el dolor de la gente,
es un Dios ante el que me inclino. Creer no forma parte de mi
diccionario, porque estoy más cercana al nihilismo que al bálsamo
religioso. Pero hace años que entendí que la trascendencia espiritual
había convertido a simples mortales en silenciosos héroes que dedicaban
su vida a mejorar la de todos. Ese Dios que los ilumina, y que traza una
línea de entrega, es un concepto maravilloso que me seduce a pesar de
mi lejanía. Gentes como vosotros, creyentes de ese Dios de luz, sois un
ejército de bondad que tinta el mundo con la pintura del amor. Y cuando
observo vuestro recogimiento en días como estos, sobrecargados de
simbolismo, algo de vuestra paz me serena.
Por Pilar Rahola

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