«Los olvidados de los olvidados» es la impresionante historia de un hombre loco, Grégoire Ahongbonon, un reparador de neumáticos que un día decidió dedicarse por completo a una misión: rescatar, curar y reinsertar en la sociedad miles de enfermos mentales. Hombres, mujeres y niños, encadenados, la mayoría en la intemperie, privados de comida y agua o abandonados en las ciudades desde niños, por sus familias… Ésta es la situación en la que se encuentran la mayoría de enfermos mentales africanos.
Las reacciones no suelen hacerse esperar. Después de ver «Los olvidados de los olvidados», la buena gente siempre se hace la misma pregunta —y nosotros ¿cómo podemos ser cristianos sin tocar fondo, sin ir tan lejos como Grégoire Ahongbonon?—… sin caer en la cuenta de que ésta es, de hecho, la pregunta del joven rico: cómo ir más allá de nuestras buenas costumbres… sin pagar el precio del seguimiento. O también cómo dejar que Dios entre en nuestras vidas, como suele decirse, sin que estas vidas salten por los aires. Pero lo cierto es que no es posible. Nadie que tenga su vida mínimamente garantizada puede desear honestamente que Dios entre en su vida. De hecho, para ser buena gente no hace falta ser cristiano.
Por Josep Cobo
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