Dos cabezas piensan mejor que una y será la capacidad de escucha y
discernimiento la que ayude a logros eficaces en lo que se quiere decir y
abordar cuando se habla en público. Textos que pisen tierra y huyan de discursos que huelan a Fray Gerundio de Campazas. Cuando estas cabezas están cubiertas por mitras, la cosa se vuelve más seria.
Hace tiempo que los obispos españoles, en conjunto, han entrado en un silencio corporativo que poco beneficia a una sociedad
pública en general, y cristiana en particular, que tiene el derecho a
la voz de sus pastores en momentos difíciles. No solo necesitan escuchar
la voz estridente que ataca leyes laicistas, moviéndose solo cuando son
desplazados a la intemperie.
Se espera algo más que simples notas y discursos de
apertura de plenarias. No basta con estar continuamente citando a los
dos últimos pontífices. Seguir callados y discutiendo sobre sin son
galgos o podencos y lamentándose no conduce a nada.
Los obispos españoles, en su conjunto, parece que van “de su corazón a
sus asuntos”, que dijera Machado, y, mirando a sus propias diócesis, preocupados con recuerdos, efemérides y centenarios
que les devuelvan un vigor que se marchó. A veces, las tareas de la
Conferencia Episcopal les vienen lejanas. No sabemos si es porque no van
a Añastro lo suficiente o porque no los llaman, y si es antes el huevo
que la gallina.
Por Juan Rubio

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