Se está poniendo muy de moda en España el Twitter,
ese “patio virtual” en el que la gente expresa lo que piensa, lo que
hace, lo que cree —en resumen, lo que le da la gana— en pequeños
mensajes de no más de 140 caracteres. Muchos adolescentes y jóvenes con los que estoy a diario usan esta red social, y he de reconocer que ciertamente tiene su interés. Yo mismo suelo twittear una vez al día, o dos como mucho, aunque otros informan 30 ó 40 veces al día de sus andanzas, agotando a cualquiera de sus seguidores.
Eso sí, lo cómodo de Twitter es que, si te cansas de seguir a uno de éstos que te cuenta hasta las veces que respira, no tienes más que pulsar el botón “dejar de seguir”,
y se acabó. Hay quienes siguen a famosos, hay quienes comentan las
noticias más recientes o escabrosas, y hay quienes contribuyen a que
cualquier tema se convierta en TT (Trending Topic), es decir: que mucha gente hable de ello. Pero no voy a describir todo lo que pasa por esta red social. Hablo aquí del Twitter porque, si bien es una útil herramienta de comunicación, también es símbolo de algunas de nuestras actitudes en las relaciones humanas, y en especial de nuestra vivencia de la fe.

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