Hemos comenzado un año más, que debemos aprovecharlo; no pode-mos
perderlo inútilmente añorando el pasado y creyendo que poco o nada se
puede hacer hoy desde una Iglesia en marcha y dispuesta a cambiar, dando
pasos hacia delante. Cualquier observador mínimamente atento a su
entorno descubre que hay sectores de la Iglesia en los que pesa tanto la
nostalgia de épocas pasadas que les gustaría un cierto retorno al
pasado. Son cada vez más las comunidades en las que se aprecian acciones
de repliegue y actitudes defensivas. El clima de inseguridad frente al
futuro, la pérdida de la voz de la Iglesia. activan los mecanismos de
defensa. Hasta tanto que uno de los grandes sueños tan esperados en la
Iglesia, el Concilio Vaticano II, es visto desde la sospecha, incluso
olvidando algunos textos básicos. Existe una confusión muy peligrosa y
difícil de detectar. No es lo mismo la nostalgia del pasado que el
retorno a las fuentes. Aparentemente, los dos términos se parecen mucho,
pero tienen poco que ver. La nostalgia del pasado implica un rechazo
del presente, alimenta la convicción de que la seguridad se encuentra en
reproducir los escenarios de antaño, en repetir sus ritos, en
reconstruir un mundo que ya no existe. La incapacidad de mirar el
horizonte estimula el regreso al pasado, donde se encuentra la
seguridad.
Por Juan Azpitarte

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