La llamada clase política no pasa por uno de sus mejores momentos. Instalada en uno de esos aeropuertos en los que sólo aterriza el viento, el personal ya intuye que su navegación tiene más que ver con los virus de ordenador que con el sistema ILS (Instrumental Landing Systems).
¿La culpa…? Quizá haya que buscarla en esos planes urbanísticos trazados en madrugadas de barra americana y dispendio presupuestario.
¿La desconfianza…? Ante tanto tecnócrata, interventor de caja de zapatos, colección de relojes, safaris, obras de arte sobre el retrete y facturas por pagar.
¿El miedo…? Por algunos funcionarios y tasadores de mesa y flexo, manguitos, tablas actuariales y calculadora.
¿La esperanza…? Volver a contar con aquella clase política templada en el crisol de la honestidad, la coherencia, la vocación de servicio público y el conocimiento.
Que nadie lo dude, en democracia la política es tan necesaria como ir al dentista o a entrevistarse con el profesor del niño: a nadie nos gusta, pero hay que hacerlo. Podremos desconfiar de algunos políticos, pero nunca de la política. Por eso, es hora de preguntarnos qué podemos hacer nosotros por ella, pues, según nos ha explicado esa madrastra algo antipática que es la historia, las otras opciones disponibles serían como granjas para construir al “hombre nuevo” o como campos de concentración de jabón ficticio y gas letal.

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