Los textos de la Escritura de los primeros días de la Semana Santa nos preparan de otro modo para el próximo final de la vida de Jesús y de la nuestra propia. Este modo de vida, con toda su codicia y creación de enemistad y múltiples concupiscencias, va a finalizar pronto. «¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!», dice Jesús a los discípulos el Miércoles Santo (Mt 26,24). Claramente, algo nuevo está a punto de comenzar para Jesús y los discípulos. Y también para nosotros. Como la primera Pascua (paso) de Egipto a la tierra prometida, también nosotros estamos en proceso de paso, pero del final de una forma de vida centrada en las cosas de este mundo al comienzo de una nueva forma de vida centrada, incluso aquí, en el reino de Dios y, en último término, en la vida del mundo futuro. La vida tal como la conocemos no es la razón por la que nacimos, no es el propósito de nuestra existencia. Esta vida, por buena que sea, en el mejor de los casos es un paso intermedio en el que realizamos nuestro compromiso con el Señor del universo. Los días y los métodos antiguos están finalizando; los días nuevos, los nuevos modos de pensar y de vivir ya están aquí. Esta verdad resulta cada vez más clara cuando vemos a Jesús trascender las restricciones de su tiempo y le oímos llamarnos a otra clase de vida, cuya plenitud no se encuentra en este mundo ni para Jesús ni para nosotros ni para la Iglesia. Pero el cambio de un modo de vida a otro precisa visión, compromiso y voluntad de hacer lo que sea necesario para suscitarlo. Como hizo Jesús. Es esta nueva visión, adquirida al precio de un gran sacrificio, la que nos ofrece la Semana Santa. Al final de todo el sufrimiento, veremos por nosotros mismos, con las mujeres en el sepulcro, con los apóstoles en la estancia superior, con los discípulos en el camino de Emaús, que hay una vida en la muerte que supera todo lo imaginable... Joan Chittister

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