Era un día normal de aglomeraciones en un aeropuerto de la ciudad de Nueva York. Los pasajeros se apresuraban en las terminales para hacer conexiones rápidas entre los principales vuelos de llegada y los helicópteros o aviones de negocios que los llevarían de un pequeño aeropuerto a otro a tiempo de llegar a cenar. Hombres con abrigo portando pesados maletines, y mujeres con tacones altos cargadas con incómodos bolsos, se deslizaban en torno a expendedores y carros, esquinas y mostradores, en una alocada carrera por llegar a unas puertas que ya se estaban cerrando. No habría otro vuelo al menos en una hora. Aquellas personas empujaban y chocaban, abriéndose camino a través de una confusión de gente corriendo por el mismo pasillo, pero en direcciones opuestas.
De repente, todo el mundo escuchó el ruido. El puesto de fruta vaciló un momento... y los cestos de fruta del mostrador cayeron al suelo. Manzanas y naranjas rodaron desordenadamente por la terminal. Entonces la chica que estaba detrás del mostrador rompió a llorar, se puso de rodillas y empezó a extender las manos, tratando de recoger la fruta del suelo. «¿Qué voy a hacer ahora? -gritó-. Se ha destrozado todo. Todo está golpeado. No puedo venderlo». Un hombre que iba corriendo, al ver su angustia, se detuvo y se dio la vuelta. «Seguid adelante -dijo a los otros, que seguían corriendo delante de él por el pasillo-. Ya os alcanzaré después». Viendo lo desesperada que estaba la chica, se arrodilló en el suelo junto a ella y empezó a poner manzanas y naranjas de nuevo en sus cestos. Y fue entonces, al verla barrer el espacio con las manos al azar, frenéticamente, cuando se dio cuenta de que era ciega. «Está todo destrozado», seguía diciendo. El hombre sacó cuarenta dólares de la cartera, se los puso en la mano y le dijo preparándose para marcharse: «Aquí tiene, cuarenta dólares para pagar los daños que hemos causado». La chica se enderezó. Empezó a palpar el aire, ahora buscándole a él. «Señor -le llamaba la desconcertada joven ciega-, señor, espere...». Él se detuvo y se volvió hacia aquellos ojos ciegos. «Señor -dijo la joven-, ¿es usted Jesús?».
¿y nosotros?; ¿en quién nos hemos convertido?

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