Dos cuestiones previas para comenzar. La primera podría expresarse así: ¿Qué conjunto de símbolos, de representaciones mentales y sensoriales surgen en nosotros asociados a la expresión «voluntad de Dios»? Pronunciamos o simplemente pensamos esa palabra, y automáticamente se suscita un mundo simbólico en torno a ella... ¿Cómo es ese imaginario? ¿Qué datos acentúa y cuáles calla? Seguro que no serán los mismos para todos. Dependiendo de las imágenes de Dios que calaron en nosotros desde la infancia, de la educación religiosa que recibimos y de nuestra propia psicología, ese mundo simbólico será distinto en unos y otros casos.
Por poner dos casos extremos: ese imaginario podría sugerir una especie de camino ya hecho y determinado por Dios, que nos viene encima como un bloque de hormigón armado y ante el cual no cabe más salida que aceptarlo o huir de él; o podría, por el contrario, parecerse a una oferta de salvación que Dios dirige a nuestra libertad, a la vez que se compromete a secundarla. La diferencia entre uno y otro imaginario es, como se ve, muy grande, y también lo serán los efectos que imprima en nuestra relación con Dios y en eso que llamamos su «voluntad sobre nosotros».
Por José A. García sj
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