Optar por la defensa de la dignidad de cada persona implica tolerar la tensión entre lo posible y lo imposible, y sostener a los hermanos en el dolor hasta convertirlo en coraje para seguir viviendo. No es sencillo hacer un alto en el camino y responder con detenimiento a esta pregunta: “¿Quién dice la gente que soy Yo?” (Mc 8,29). No es fácil recoger el “espíritu” que me ha movido durante estos años. Intentaré compartir mi experiencia a partir de la metáfora de las encrucijadas. Ellas se nos presentan a lo largo de la vida como la percepción extensa e intensa del cruce de caminos en los que debemos volver a elegir entre nihilidad-fe, imposibles-posibles, límites-fronteras. En este cruce quisiera que se ubicara mi testimonio.

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