19 febrero 2009

NOCHES OSCURAS de FE en NUESTRA VIDA

Cuando se publicaron las memorias de Madre Teresa, las mismas revelaron que durante los últimos 50 años de su vida se había esforzado terriblemente para sentir la presencia de Dios en su vida. Sus críticos sintieron un cierto regocijo: En el fondo -creían ahora- ella era una agnóstica, que dudaba de la existencia de Dios. Sus devotos estaban confundidos: ¿Cómo le podía pasar eso a ella? ¿Cómo una mujer de una generosidad tan excepcional y de aparente fe no podía sentirse segura en su sentimiento sobre la existencia y providencia de Dios?
Lo que subyace en ambas reacciones es una falta de comprensión de una experiencia tan antigua como la fe misma, la de hallarse dentro de una “noche oscura del espíritu“. Mirando a Madre Teresa a través de los ojos del misticismo cristiano, la pregunta más apropiada sería: ¿Cómo no podría experimentar lo que de hecho experimentó? Madre Teresa fue una mujer extraordinaria, una atleta espiritual, alguien que había entregado totalmente su libertad a Dios; ¿acaso no podríamos esperar que experimentara ella una “noche oscura del espíritu”?
Pero, ¿qué es una “noche oscura del espíritu”? La “noche oscura del espíritu” es una experiencia en la que nuestro sentido vivencial de Dios se aja, se diluye y desaparece. A nivel de sentimiento, pensamiento e imaginación somos incapaces de evocar ningún sentido de seguridad o de fervorosos sentimientos sobre la presencia de Dios en nuestras vidas. Nos sentimos agnósticos, y hasta ateos, porque ya no podemos imaginar la existencia de Dios. Dios se nos antoja como no existente, ausente, muerto, como fantasía ilusoria.

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